Que algún dios proteja el alma y la salud de estos cristianos sedientos de fiesta, de transpiración y de ritmo tropical: ayer terminó la maratón de acólitos de la diversión en el club San Antonio de Ranchillos, capital indiscutida del carnaval tucumano, y la alegría fue una compañera indomable que caminó durante toda la tarde por la cuerda floja, al borde de los lamentos.
El sol radiante y los 40° de la siesta anunciaban que la fiesta descomunal estaba cantada. Las estaciones de servicio a lo largo del camino que lleva a Ranchillos se llenaban de colas de motos y autos listos para la procesión que se repitió todos los domingos a partir del 29 de enero hasta ayer, el último día de la tradicional reunión de la música tropical durante los veranos.
Según los organizadores, hasta que se abrieron las puertas del club habían 12.000 entradas anticipadas vendidas. Unas horas después, el mismo informante ya había perdido los números: nadie podía calcular con precisión cuántas personas se habían juntado en el tinglado y en el campo del club para asistir al megacierre que propició Carlos "La Mona" Jiménez, ídolo cuartetero de multitudes. A los ojos de la Policía, eran entre 40.000 y 50.000 personas dispuestas a enterrar el carnaval, una cantidad inaudita en ese estadio del este tucumano.
Con música en vivo o sin ella, el buen carnavalero baila igual. Mientras se templaban las gargantas para recibir al cordobés recientemente ingresado a la galería de los ídolos populares en la Casa Rosada, por el escenario desfilaban las bandas y en los entretiempos un locutor animaba el baile para que no decayera. Abajo volaban zapatillas, vasos de cerveza, espuma, pintura y agua para camuflar las caras-pura-sonrisa en la multitud. Damas Gratis fue la coronación de los conjuntos "secundarios", pero lo que todos esperaban no llegaba.
La música no paró ni un minuto y los ánimos de afuera empezaron a caldearse. La impaciencia se apoderó de los fans de "La Mona" y ya nadie los pudo contener: alrededor de las 17.30 se produjeron al menos tres estampidas en las que el público arrasó con policías y organizadores para entrar al club. Decenas de heridos, golpeados y descompensados por la falta de oxigeno tuvieron que ser asistidos por el personal de emergencias o trasladados en las ambulancias. Hombres y mujeres de todas las edades entraban al estadio llorando y temblando, despotricando contra la mala organización del acceso que, por fortuna, no llegó al extremo de tener que lamentar víctimas por aplastamiento. Durante más de media hora, las imágenes de la Policía mitigando la multitud a latigazos concentraron la atención de buena parte de los asistentes.
Hasta que llegó el inconfundible saludo del cuartetero y las lágrimas pasaron a ser de emoción y de histeria colectiva. El músico subió al escenario, montado esta vez en el campo de juego para poder contener a una multitud inaudita, y estalló el furor que se extendió por dos horas. Con tanto grito, banderas en alto y abrazos a la distancia, nadie se atrevería a poner en duda su nuevo título.